
Es el único hombre entre los que laboran en el sótano de una peluquería, ubicada en la esquina de Sociedad, en el centro de Caracas. “Soy el gallo del lugar”, dice Pedro Hernández, quien paulatinamente se ha ido acostumbrando a ser de los pocos que quedan de su especie, los “barberos-barberos”. Por estos días, sostiene, el oficio está tan devaluado por los descuidos de las nuevas generaciones que un solo sustantivo no basta y no hay reconversión ni BCV que puedan frenar este proceso.
Le gusta conversar sobre su trabajo, por eso no tiene ningún empacho en puntualizar algunas cosas frente al grabador, como hacer una revisión somera de las técnicas para afeitar una barba, los aspectos “psicológicos” de su labor y hasta sus encuentros con el poder.
“Se sienta la persona y se le pone el paño caliente. Si se va a quitar toda la barba, entonces hay que hacerle un masaje completo con crema. Ahora, si no es así y hay que dibujarle la barba (para lograr la figura que el cliente desea), se ablanda con un paño con agua caliente y se dibuja la forma”. Esta es la receta esencial de Pedro. No se detiene en los detalles, no se traicionaría revelando los secretos de su poética del afeitado.
Lleva 43 años dedicado a este empleo, que aprendió cuando se enroló en la segunda corte del curso de barbería del INCE, lo que le ha servido de sustento y también para la crianza de sus seis hijos —“concebidos con tres mujeres diferentes”, puntualiza con un rictus de orgullo—. Hoy en día es el abuelo de once nietos.
—Uno de mis maestros en el INCE me dijo: “Esto no vuelve rico a nadie, pero comerá caliente” —dice. Y esa es una de las razones por las que habla con tanto orgullo de la forma en que se gana la vida: de manera sencilla, honesta y constante.
El diván de paso
Pedro no se limita a cortar cabellos y afeitar mejillas ajenas, también ha establecido una relación más cercana con las personas que atiende; su silla también hace las veces de diván. Esto le ha permitido conservar clientes desde la época en que era un aprendiz, como Edgar Romero, quien aparece en la fotografía y tiene en Pedro a su barbero oficial “desde hace más de 40 años”.
“Nos enseñaban la parte psicológica, cómo atender al cliente, estudiarlo para llevarse bien y que le guste el corte de pelo que le están haciendo”, explica.
“Hay algunos que lo dejan las mujeres y me cuentan sus problemas aquí mismo. Entonces yo les doy consejos por la experiencia que tengo”. Pero naturalmente con el paso del tiempo el tipo de anécdotas y problemas cambian, así no es de extrañar que se produzcan despedidas como estas:
—Si ves al amigo de la próstata, me lo saludas. Dile que espero que se mejore —le dice un cliente poco antes de abandonar el establecimiento.
Y es que los barberos-barberos hacen también, y por la misma tarifa, un poco de psicólogos aficionados.
Tomándole el pelo al poder
Más que buenos platicadores, los barberos-barberos son acróbatas de las conversas. “Algunos hablan de política, entonces uno tiene que meterse a todo, estar con uno y con otro. Hay que llevarle la corriente a todo”, dice Pedro en referencia a la actual polarización política.
La esquina de Sociedad lleva este nombre por la Sociedad Patriótica que se instaló allí en 1811, suerte de think tank de la época, en el que personajes como Bolívar y Miranda se dedicaban a pensar y a reclamar al Congreso cómo debían ser los derroteros de la incipiente nación.
Así que esta esquina siempre ha sido un buen lugar para estar cerca de las personas que toman las decisiones en la política nacional. Quizá sea esto una de las razones que mantiene a Pedro aquí, porque ha trabajado en El Valle y en el 23 de Enero, pero el grueso de su carrera lo ha desarrollado en el centro de la capital. No vacila, en consecuencia, en llamarse así mismo “el único barbero-barbero que hay por aquí”.
“Yo he arreglado a políticos como Germán Lairet y Nelson Chitty La Roche (…) también viene gente de la asamblea que se hace la barba dos veces a la semana conmigo”, acota.
Asegura que entre las personas a las que le ha enseñado el oficio se encuentra una carupanera, Deisy, que le cortó el cabello a Chávez: “Ella le estuvo cortando el cabello cuando él empezó en la presidencia. Ella trabajó en Miraflores, ahora está jubilada”.
Al final del día, Pedro Hernández termina su jornada confiado de que practica su oficio con profesionalismo —incluso arregla los errores que cometen los novatos en la cabellera y mejillas de los clientes— y con el valor agregado de ser un excelente oyente y oportuno consejero.
“La tradición de nosotros, los barberos-barberos, ha ido disminuyendo mucho, porque ahorita cualquiera se cree barbero. Pero barberos-barberos quedamos muy pocos”, dice Pedro y de inmediato menciona no más de tres nombres de colegas que quedan en la ciudad, como una disminuida camada de superhéroes cercanos al retiro.
*Versión ampliada del artículo publicado el 14 de junio de 2012 en el suplemento del Día del Padre de El Nacional.