Ensayo y doble error

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Este no es el tiempo de las palabras. Este es el tiempo de las manos que nos escarban el pecho y nos ahogan el grito, aún prematuro ante el espanto. 

Olor púrpura

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Cuando la enfermedad le hubo dado el último mordisco, mi primo Santiago se retiró sin saber que la lavanda era una planta. Tenía 10 años de edad. Creyó hasta el final que esa palabra que veía grandota en los frascos de desinfectante era una fragancia que habían inventado en un laboratorio. “Pa espantá el olor a muerto de los hospitales”, me susurró uno de esos últimos días,  “pero créeme, Andrés… no funciona”. Y se me quedó mirando, buscaba un consuelo en algo que saliera de mis cuerdas vocales. ¡Pero yo no pude; salí corriendo! No se mira a un niño con los ojos con que me miró Santiaguito, no me podía pedir tanto a mí, que apenas tenía un año más que él y ni siquiera me había puesto a pensar qué coño era la lavanda. ¡No se mira con esos ojos a nadie!

Nunca he olvidado a mi primo Santiago. Le eché Maizina a los pocos años que pasamos juntos y he logrado así rendir los recuerdos, sobre todo los buenos. Pero no había rememorado esa conversación en el hospital hasta ayer, más de 20 años después. Mi mujer quería visitar uno de esos campos de lavanda en estas vacaciones. Y me llevó y fui instalado en el mismísimo centro de un vórtice, purpúreo. Allí estaba yo: ahogado por ese olor de miles de hospitales juntos, de millones de cuerpos amontonados unos sobre otros, aun resistiéndose al último mordisco. Dice mi mujer que antes de desvanecerme la miré raro.

La crítica literaria

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En el mundo:

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En Venezuela:

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Irse de culo

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No hay que esperar por el esplendor y posterior eclipse de civilizaciones para encontrarse con ruinas significativas. Aquí está el mismo tobogán de mi infancia (bueno… partes de él) con su magia erosionada por el pasar de tantas nalgas. Unos días atrás, el armatoste ocupó el centro del debate público en la reunión de vecinos; una señora propuso dinamitarlo. Por feo. Yo me opuse. Les indiqué que así como estaba, sin la lámina de metal, era un recordatorio (muy prudente) de que nos fuimos de culo con algunas expectativas de la infancia o que esas expectativas tomaron una dirección distinta a medida que nosotros nos deslizábamos sin remedio hacia nuestros destinos.

Entendí en el ágora de mi comunidad lo difícil que es el arte de seducir a la opinión pública, al menos a la opinión pública de mi vecindario, compuesta en gran medida por militantes de cierta idea obstinada del progreso. En fin, la mayoría apoyó la propuesta de la doña pirómana. Tratando, no obstante, de hacer valer mi intención, amenacé con denunciarlos a la alcaldía bajo el cargo de destrucción del patrimonio público. Me aseguraron que ya no había nada qué hacer. “Ya tenemos la dinamita con nosotros”, agregó uno. En respuesta, les prometí encadenarme al tobogán, a mi preciada ruina moderna, si seguían adelante con su loca idea. Luego uno de ellos dejó entrever que la construcción del nuevo parque podría granjear jugosas comisiones a integrantes de la comunidad. Yo encendí la mecha el día de la explosión. Volaron muchas cositas por el aire y de forma muy bonita. Yo di el discurso en la inauguración del nuevo parque, un elogio sobre la muy noble necesidad humana de novedad como antídoto a esa despreciable manía de rebuscar entre los errores. No incluí ninguna metáfora sobre tobogán alguno, menos aun sobre las expectativas de la niñez que habían ido a parar con sus culos a un lugar distinto a los nuestros.

Prueba de fuego

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Obnubilado por la materia prima que subyace en las películas bélicas, persuadió a algunos parásitos de una ONG; él era el sujeto más altruista del mundo. “Hay que enviarlo a ayudar”, concluyeron. Ahora, tres años después, volvía a su país con imágenes que no saldrían jamás de la retina de sus ojos, inamovibles, juzgarían cualquier nueva visión bajo el parámetro de la crueldad. También regresaba con una cicatriz que alcanzaba la mitad de su frente.

Caminó durante dos horas, guiado solo por los relatos que escuchó en el campo de refugiados, cruzó una pequeña población saqueada y aún humeante, hasta que finalmente el fulgor de las balas en la noche le indicó que había llegado al campo de batalla. Los fogonazos iniciáticos vinieron a su memoria cuando, desde el minibús que tomó en Maiquetía, vio prenderse las luces de la ciudad.

Partió a otro continente en busca de lo que nadie le había pedido: ganarse el honor. A sus 22 años de edad consideraba reprochable alcanzar la senectud y que, llegado ese momento, no pudiera mostrarse a sí mismo una hazaña en la que brillara su valentía. Con esa idea había ido al campo de refugiados, permaneció allí dos meses y una madrugada, esa de las dos horas de caminata, salió a buscar su prueba de fuego.

La primera vez que tocó un rifle de asalto, él que no tenía ninguna experiencia en armas, tenía a sus espaldas a tres mujeres temblorosas ocultando a sus hijos entre los brazos. Tenía por contrincante a un rebelde. Salió de allí con una pierna tiroteada pero logró defender a las mujeres y a sus niños. Habían transcurrido dos semanas desde su escapada del campo de refugiados. Ya se había asegurado la anécdota que lo convertiría, si llegaba a ese estadio, en el más popular del ancianato. Pero no se alistó para regresar a casa. Ahora le surgían preguntas que ni siquiera habían rozado su imaginación cuando estaba en el aeropuerto.

Unas semanas después se encontraba con otra ametralladora en las manos. Esta vez se defendía a sí mismo de sombras en la selva. Al año tenía esa cicatriz en la frente, luciría siempre como un gusano que se ha quedado inmóvil bajo su piel. 

Repasaba con su dedo índice el relieve en su frente mientras el minibús seguía su camino hacia Caracas, repasaba asimismo su segundo año de aquella aventura, por entonces hacía parte del grupo armado al que pertenecía aquel rebelde al que se había enfrentado por primera vez. “Vine a conseguir el honor que da la valentía, nunca me planteé el heroísmo”, le dijo en una ocasión a una chica de las misiones humanitarias, en ese instante ella le suturaba una herida en el torso.

Había participado en los más nefastos negocios: razias, torturas, masacres. Vio ejecutar cada uno de esos crímenes frente a sus ojos y más tarde se vio en los ojos de sus víctimas en los instantes más penosos: apretando el gatillo, presionando de tal modo un cuello como para que se le escurriera la vida. Solo entonces conoció cuáles eran sus límites: ninguno. Ya estaba listo para volver a casa. 

Murmullo para arrullar bestias

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En la madrugada, si se aguza el oído lo suficiente, bajo los ladridos y las balas, se puede escuchar el crujido de los dientes. En esta ciudad se padece de un bruxismo colectivo. Mis amigos y enemigos afilan por igual sus dentaduras de forma mecánica mientras el sueño hace cuanto puede por contenernos. Pero algún día este ya no podrá cobijarnos y nos provocará salir a dar dentelladas.

Tomados por lo indecible

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Su Excelencia, nos dirigimos a Usted para informarle que en la aldea padecemos de una enfermedad terrible. Resulta que regularmente se nos agolpan sensaciones y razones, pero del tipo indecibles. Ni siquiera nuestros cerebros pueden atajar a examinarlas, a morderlas. Son ellas las que nos muerden a nosotros.

Pasa que sucumbe uno primero, puede ser el prior del convento o un campesino que ha salido a guadañar en la mañana, y de seguido nos sucede al resto. Entonces, la vida en el poblado se hace caótica.

Se manifiesta este desorden por la presencia de pensamientos. De hecho, son fenómenos anteriores al pensamiento, fantasmas o ancestros primitivos de estos, pues, uno se ve sometido a la interpelación de algo así como voces ahogadas que parecen referirse a nuestros destinos próximos. Pero es imposible saberlo con precisión.

Incluso nos sobresaltan estremecimientos físicos que no podemos comparar con los de enfermedad alguna. “Es como si la vergüenza dejara de ser padecimiento del espíritu para mudar a castigo del cuerpo, a castigo dentro de los huesos”, así lo ha descrito uno de nuestros monjes más ancianos, un bendito.

Su Excelencia, le imploramos que nos socorra con los avances médicos de los que disponen en la metrópolis para curar esta epidemia que vivimos. Nuestras sangrías ya no surten ningún efecto.

Se lo imploramos.

A un costado

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Él, que no le gustan las fotos por ese episodio lejano de su infancia, cierra los ojos tan pronto siente cerrarse el obturador sobre ellos y se estrecha. Su costado va a dar contra el de ella; su lado herido, hendido para retirar el hueso que dio origen a esa compañera.

Ella se siente cálida con esa debilidad recién hallada, cobijada con esa temperatura confortable de las venganzas ancestrales.  

Doce pasos

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Inicialmente se levantaba con una sensación de pulcritud inédita. “Como si hubiera vuelto a nacer… no, más bien, como si fuera otra persona”. Y aquella conclusión —pensaba— le daba derecho a lucir una sonrisa. Cayó una buena cantidad de hojas del calendario de la cocina mientras se mantenía sin ejecutar aquello. Era ese no hacer algo lo que le proporcionó una suerte de piel nueva que le envolvía. El experimento (o “la salvación”, como lo llamaban en ese grupo al que asistía por entonces) estaba marchando bien: se estaba probando que podía dejar aquello atrás. Solo había un detalle: en las madrugadas, tras moverse en la cama podía escuchar como su epidermis, dermis e hipodermis se desplazaban cada una a su gusto, desencajadas, los huesos quedaban expuestos y el frío le devolvía algo de esa condición animal a la que quería doblarle el pescuezo a fuerza de un estoicismo nunca antes ensayado. “Como si fuera otra persona”, se decía. Había pasado el día rascándose, no soportaba aquel envoltorio de persona adecentada y virtuosa, le daba una comezón horrible. Encima, el tufo a bondad le comenzaba a marear. Salió como un disparo a la calle. Andando, su mirada dio con aquella esquina de ladrillos mohosos, tantas veces visitada. Los contó; fueron justamente doce pasos los que le tomó llegar a la esquina. Nada más doblar por ella y su piel volvió a ser la que siempre cobijaba a la bestia. Aquello no era un vicio, era su substancia. 

Mañana espesa

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Allá lejos, en los confines de mi habitación, que hoy amaneció inexplicablemente grande, se escuchan unos sonidos: neumáticos sobre el asfalto, alguna canción rezagada. Pero nada tienen que ver conmigo. Allá afuera hubo festejos, eso fue anoche. Pero esos fuegos artificiales y esas ráfagas de tiros (porque así también se festeja allá) no me convocaban. Apenas si puedo abrir la ventana, solo un poco, porque de inmediato causa escozor. La cortina es una epidermis. Sé que si la abro de golpe, entrará de lleno la mañana espesa. Y no la quiero. Allá, en esos confines, me aguardan la derrota y otros, que son justamente eso: otros, jamás yo.