Ensayo y doble error
Murmullo para arrullar bestias

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En la madrugada, si se aguza el oído lo suficiente, bajo los ladridos y las balas, se puede escuchar el crujido de los dientes. En esta ciudad se padece de un bruxismo colectivo. Mis amigos y enemigos afilan por igual sus dentaduras de forma mecánica mientras el sueño hace cuanto puede por contenernos. Pero algún día este ya no podrá cobijarnos y nos provocará salir a dar dentelladas.

Tomados por lo indecible

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Su Excelencia, nos dirigimos a Usted para informarle que en la aldea padecemos de una enfermedad terrible. Resulta que regularmente se nos agolpan sensaciones y razones, pero del tipo indecibles. Ni siquiera nuestros cerebros pueden atajar a examinarlas, a morderlas. Son ellas las que nos muerden a nosotros.

Pasa que sucumbe uno primero, puede ser el prior del convento o un campesino que ha salido a guadañar en la mañana, y de seguido nos sucede al resto. Entonces, la vida en el poblado se hace caótica.

Se manifiesta este desorden por la presencia de pensamientos. De hecho, son fenómenos anteriores al pensamiento, fantasmas o ancestros primitivos de estos, pues, uno se ve sometido a la interpelación de algo así como voces ahogadas que parecen referirse a nuestros destinos próximos. Pero es imposible saberlo con precisión.

Incluso nos sobresaltan estremecimientos físicos que no podemos comparar con los de enfermedad alguna. “Es como si la vergüenza dejara de ser padecimiento del espíritu para mudar a castigo del cuerpo, a castigo dentro de los huesos”, así lo ha descrito uno de nuestros monjes más ancianos, un bendito.

Su Excelencia, le imploramos que nos socorra con los avances médicos de los que disponen en la metrópolis para curar esta epidemia que vivimos. Nuestras sangrías ya no surten ningún efecto.

Se lo imploramos.

A un costado

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Él, que no le gustan las fotos por ese episodio lejano de su infancia, cierra los ojos tan pronto siente cerrarse el obturador sobre ellos y se estrecha. Su costado va a dar contra el de ella; su lado herido, hendido para retirar el hueso que dio origen a esa compañera.

Ella se siente cálida con esa debilidad recién hallada, cobijada con esa temperatura confortable de las venganzas ancestrales.  

Doce pasos

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Inicialmente se levantaba con una sensación de pulcritud inédita. “Como si hubiera vuelto a nacer… no, más bien, como si fuera otra persona”. Y aquella conclusión —pensaba— le daba derecho a lucir una sonrisa. Cayó una buena cantidad de hojas del calendario de la cocina mientras se mantenía sin ejecutar aquello. Era ese no hacer algo lo que le proporcionó una suerte de piel nueva que le envolvía. El experimento (o “la salvación”, como lo llamaban en ese grupo al que asistía por entonces) estaba marchando bien: se estaba probando que podía dejar aquello atrás. Solo había un detalle: en las madrugadas, tras moverse en la cama podía escuchar como su epidermis, dermis e hipodermis se desplazaban cada una a su gusto, desencajadas, los huesos quedaban expuestos y el frío le devolvía algo de esa condición animal a la que quería doblarle el pescuezo a fuerza de un estoicismo nunca antes ensayado. “Como si fuera otra persona”, se decía. Había pasado el día rascándose, no soportaba aquel envoltorio de persona adecentada y virtuosa, le daba una comezón horrible. Encima, el tufo a bondad le comenzaba a marear. Salió como un disparo a la calle. Andando, su mirada dio con aquella esquina de ladrillos mohosos, tantas veces visitada. Los contó; fueron justamente doce pasos los que le tomó llegar a la esquina. Nada más doblar por ella y su piel volvió a ser la que siempre cobijaba a la bestia. Aquello no era un vicio, era su substancia. 

Mañana espesa

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Allá lejos, en los confines de mi habitación, que hoy amaneció inexplicablemente grande, se escuchan unos sonidos: neumáticos sobre el asfalto, alguna canción rezagada. Pero nada tienen que ver conmigo. Allá afuera hubo festejos, eso fue anoche. Pero esos fuegos artificiales y esas ráfagas de tiros (porque así también se festeja allá) no me convocaban. Apenas si puedo abrir la ventana, solo un poco, porque de inmediato causa escozor. La cortina es una epidermis. Sé que si la abro de golpe, entrará de lleno la mañana espesa. Y no la quiero. Allá, en esos confines, me aguardan la derrota y otros, que son justamente eso: otros, jamás yo.

Ruido de fondo*

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En la radio del carro suena la voz de alguien comentando una noticia de actualidad: “La consultora también determinó que somos el país más feliz del mundo…”. Aquello no llega a oídos del hombre y el niño que viajan en el vehículo, la atención de ambos está puesta en la conversación que sostienen sobre los entrenamientos de beisbol del chico.

Con el paso de los minutos, sin embargo, la concentración del padre comienza a dispersarse y a desviarse hacia el retrovisor. Al chico le va quedando cada vez menos de esa atención. Lo nota. No se lo toma a mal, piensa que es una descortesía natural entre los adultos que se encargan del volante.

Una de las razones para asegurar esta especie es que hay un optimismo permanente… A estas alturas, cuando queda poco para llegar a la cancha, se mezclan en el muchachito la emoción y el miedo a partes iguales: ya pronto entrará al terreno de juego. Generalmente no hace falta que verbalice esta sensación para que su padre lo note, pues, entre ellos se suele crear una complicidad y alegría tácitas. Pero ese no es el caso hoy. El hombre se ha enfocado por completo en el espejo, en los últimos segundos parece vivir solo para revisar el retrovisor y tragar grueso. 

—Papá, ¿tú crees que el pitcher me dé base por bola?

—Ponte el cinturón de seguridad —respondió el padre en seco, colocándose también el cinturón y sin apartar la vista del espejo.

Hay siempre una sonrisa amable… Muy cerca de la puerta del chico pasa una motocicleta y se mantiene en marcha frente al carro. De seguido, otra moto se aproxima hasta la puerta del conductor, el joven que va en ella muestra un arma. El niño palideció, había en él unas palabras y un grito, pero su lengua había mudado de cuerpo, de espacio, de vocación.

El joven golpea varias veces la ventana con la pistola. Pero el hombre no se detiene, seguía la marcha con la idea fija de que el acelerador lo aproximaría a ese segundo en que estarían a salvo, pero se lo impide la moto que tiene enfrente. Un estallido. Siempre se encuentran razones para celebrar… El carro finalmente se detiene en el borde de la autopista. La cabeza del chico pegó contra el vidrio de su ventana. No fue un golpe fuerte, permaneció consciente. “Ojalá no hubiera sido así”, esa será la única oración que recitará por años antes de dormir.

Cuando abre los ojos ve a su papá tumbado sobre el cinturón de seguridad. Es cierto que apenas tiene 7 años de edad, pero él sabe lo que es un mal presentimiento. Hay más palabras en su pecho, pero la lengua, de nuevo, no le funciona. En la cabina del auto solo se pueden escuchar los latidos del pequeño y…

La felicidad… una mejor calidad de vida…  De pronto abren la puerta de su padre, entra en el carro un rostro duro y también el sonido de música en las cercanías. Esa cara nueva que se adentraba en su vida para nunca más abandonarla le grita indicaciones, pero el niño no comprende nada, no sabe, en ese escenario, qué es lo que se debe hacer y qué no. La maestra le enseñó a meterse debajo del pupitre en caso de sismo la semana pasada. Eso no serviría de nada ahora.

Para darle acento a sus instrucciones, el joven de la motocicleta acerca el agujero del arma a los ojos del niño. A este las lágrimas le hacen perder de vista el cañón por unos segundos. Lo vuelven a azuzar con la pistola, pero no entiende, se repliega tanto como puede en el recodo del asiento. Quisiera fundirse, de hecho, en esa superficie y desaparecer de la vista de este desconocido.

El tipo abre la puerta detrás del chico y lo empuja. Cae de bruces. Lo reciben el suelo duro, la tierra que se levanta a su caída y la bulla de canciones estridentes. Yo quiero bailar contigo… Allí tirado comienza a borbotear algo en su garganta. Vuelve a aparecer la cara del joven de la motocicleta por la puerta, pero es solo un segundo; desaparece de inmediato. El pequeño se echa las manos en la cara y aparecen las lágrimas. Cuando trata de incorporarse, aun con las manos sobre su cara, un peso devuelve su espalda al piso. Abre los ojos, tiene sobre sí el cuerpo de su padre. Oye las motos partir y, finalmente, encuentra su lengua. En medio del ruido de la autopista y de la música de los  vecindarios cercanos grita:

—¡Ayuda!

Una mano le sube volumen a la música.



*Con el permiso de don Don.

Nudillos rotos

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En medio de la mañana que había planificado para hacer diligencias, Martha recibió una llamada del colegio de su hijo, el pequeño Alfonso. El querubín de 6 años de edad le había clavado un lápiz en la frente a un compañerito. Se acercó al colegio y escuchó avergonzada cómo la directora le dijo —rodeos más, rodeos menos— que era una mala madre. Prefirió llevarse al niño consigo. Quizá, pensó, al chico le hacía falta estar más tiempo con ella; el trabajo no se lo permitía.

Siguió con las tareas que se había propuesto y siguió con muchas otras cosas en la cabeza. En el camino entre el colegio y el fisco municipal escuchaba al niño evadir su culpa y también recordaba a su compañera de trabajo que se negaba a pagarle los productos Avon.

Entre el fisco municipal y la compañía de seguros recordaba a su esposo confesándole que quizá no podía terminar de pagar el carro, escuchaba ahora cuánto su hijo quería a la maestra y caía en cuenta de lo mucho que le costaba hacer una arroz a la marinera decente.

Entre la compañía de seguros y el banco escuchaba a un pregonero gritar el nuevo índice inflacionario, a su hijo decir que no era mala idea meterle un gancho de ropa en el hocico al perro de la casa, a sí misma revelarse que le gustaba el office boy de Contabilidad y también reparaba en que había apuntado mal el nombre de la aerolínea en la carpeta de Cadivi.

Mientras esperaba su número en el banco, le daba vueltas y vueltas al asunto de la aerolínea, al arroz a la marinera, al desmesurado cariño de su hijo por la maestra, a los brazos del office boy y, de nuevo, al boleto de avión. Finalmente salió su número y se fue hasta el escritorio asignado. Colocó la carpeta en el escritorio y de inmediato se extendieron unas manos hacia la carpeta, unas manos grandes con los nudillos rotos, piel un poco abierta y sangre, un poco, no mucho. Quien la atendía era una mujer grande, de apariencia hombruna y ojos tristes.

—Buenos, días señorita, vengo a consignar la carpeta para uso de la tarjeta de crédito en el exterior.

—Buenos días, ¿a dónde viaja? —preguntó la mujer hombruna.

—A Panamá.

—Muy bien, veamos la carpeta…

—Sí, muy bien. Pero verá, hay un detallito —interrumpió Martha—. Yo me confundí con la línea aérea y no he podido cambiarla en el sistema de la página…

Martha se largó a dar una explicación con un montón de excusas y soluciones anticipadas, sin permitirle a la mujer del banco decir una sola palabra. Cada vez que esta intentaba mover los labios, aquella simplemente aceleraba su perorata. Mientras más hablaba Martha, la mujer del banco aumentaba su respiración.

La dueña de la carpeta solo se detuvo cuando vio los ojos de la empleada hombruna humedecerse y luego desbordarse. Entonces Martha calló en seco. La mujer del banco se levantó de su puesto y caminó directamente hacía la pared contigua. Allí resopló con rabia y le metió unos puñetazos a la pared. Una vez que terminó de golpear, volvió a resoplar —esta vez con algo menos de rabia, con algo más de serenidad— y volvió a su puesto, junto a Martha. Esta vio los nudillos más rojos, más abiertos.

El sabor de la victoria

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Dos contendores han estado luchando por un buen tiempo, entonces uno de ellos pregunta:

— ¿Cómo sabremos quién gana y quién pierde?

—Por el sabor de la sangre —le responde su adversario.

—¿Cómo?

—¿A qué sabe la sangre en tu boca?

—Al metal de antiguas batallas. ¿Y a qué sabe la sangre en tu boca?

—Al jugo de la hendidura disputada.

Imagen tomada de www.mirandamenacho.blogspot.com

Pedro, el “barbero-barbero”*

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Es el único hombre entre los que laboran en el sótano de una peluquería, ubicada en la esquina de Sociedad, en el centro de Caracas. “Soy el gallo del lugar”, dice Pedro Hernández, quien paulatinamente se ha ido acostumbrando a ser de los pocos que quedan de su especie, los “barberos-barberos”. Por estos días, sostiene, el oficio está tan devaluado por los descuidos de las nuevas generaciones que un solo sustantivo no basta y no hay reconversión ni BCV que puedan frenar este proceso.

Le gusta conversar sobre su trabajo, por eso no tiene ningún empacho en puntualizar algunas cosas frente al grabador, como hacer una revisión somera de las técnicas para afeitar una barba, los aspectos “psicológicos” de su labor y hasta sus encuentros con el poder.

“Se sienta la persona y se le pone el paño caliente. Si se va a quitar toda la barba, entonces hay que hacerle un masaje completo con crema. Ahora, si no es así y hay que dibujarle la barba (para lograr la figura que el cliente desea), se ablanda con un paño con agua caliente y se dibuja la forma”. Esta es la receta esencial de Pedro. No se detiene en los detalles, no se traicionaría revelando los secretos de su poética del afeitado.

Lleva 43 años dedicado a este empleo, que aprendió cuando se enroló en la segunda corte del curso de barbería del INCE, lo que le ha servido de sustento y también para la crianza de sus seis hijos —“concebidos con tres mujeres diferentes”, puntualiza con un rictus de orgullo—. Hoy en día es el abuelo de once nietos.

—Uno de mis maestros en el INCE me dijo: “Esto no vuelve rico a nadie, pero comerá caliente” —dice. Y esa es una de las razones por las que habla con tanto orgullo de la forma en que se gana la vida: de manera sencilla, honesta y constante.

El diván de paso

Pedro no se limita a cortar cabellos y afeitar mejillas ajenas, también ha establecido una relación más cercana con las personas que atiende; su silla también hace las veces de diván. Esto le ha permitido conservar clientes desde la época en que era un aprendiz, como Edgar Romero, quien aparece en la fotografía y tiene en Pedro a su barbero oficial “desde hace más de 40 años”.

“Nos enseñaban la parte psicológica, cómo atender al cliente,  estudiarlo para llevarse bien y que le guste el corte de pelo que le están haciendo”, explica. 

“Hay algunos que lo dejan las mujeres y me cuentan sus problemas aquí mismo. Entonces yo les doy consejos por la experiencia que tengo”. Pero naturalmente con el paso del tiempo el tipo de anécdotas y problemas cambian, así no es de extrañar que se produzcan despedidas como estas:

—Si ves al amigo de la próstata, me lo saludas. Dile que espero que se mejore —le dice un cliente poco antes de abandonar el establecimiento.

Y es que los barberos-barberos hacen también, y por la misma tarifa, un poco de psicólogos aficionados.

Tomándole el pelo al poder

Más que buenos platicadores, los barberos-barberos son acróbatas de las conversas. “Algunos hablan de política, entonces uno tiene que meterse a todo, estar con uno y con otro. Hay que llevarle la corriente a todo”, dice Pedro en referencia a la actual polarización política.

La esquina de Sociedad lleva este nombre por la Sociedad Patriótica que se instaló allí en 1811, suerte de think tank de la época, en el que personajes como Bolívar y Miranda se dedicaban a pensar y a reclamar al Congreso cómo debían ser los derroteros de la incipiente nación.

Así que esta esquina siempre ha sido un buen lugar para estar cerca de las personas que toman las decisiones en la política nacional. Quizá sea esto una de las razones que mantiene a Pedro aquí, porque ha trabajado en El Valle y en el 23 de Enero, pero el grueso de su carrera lo ha desarrollado en el centro de la capital. No vacila, en consecuencia, en llamarse así mismo “el único barbero-barbero que hay por aquí”.

“Yo he arreglado a políticos como Germán Lairet y Nelson Chitty La Roche (…) también viene gente de la asamblea que se hace la barba dos veces a la semana conmigo”, acota.

Asegura que entre las personas a las que le ha enseñado el oficio se encuentra una carupanera, Deisy, que le cortó el cabello a Chávez: “Ella le estuvo cortando el cabello cuando él empezó en la presidencia. Ella trabajó en Miraflores, ahora  está jubilada”.

Al final del día, Pedro Hernández termina su jornada confiado de que practica su oficio con profesionalismo —incluso arregla los errores que cometen los novatos en la cabellera y mejillas de los clientes— y con el valor agregado de ser un excelente oyente y oportuno consejero.

“La tradición de nosotros, los barberos-barberos, ha ido disminuyendo mucho, porque ahorita cualquiera se cree barbero. Pero barberos-barberos quedamos muy pocos”, dice Pedro y de inmediato menciona no más de tres nombres de colegas que quedan en la ciudad, como una disminuida camada de superhéroes cercanos al retiro.

*Versión ampliada del artículo publicado el 14 de junio de 2012 en el suplemento del Día del Padre de El Nacional.


Mi sacerdocio

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Me quedo largo tiempo intentado un párrafo. Le doy los cuidos que considero necesarios, me desvelo, vuelvo a él cuando le urjo. No sé si prosperará; está débil, así nació. Pero a este párrafo me debo con devoción monacal. Quizá aquí siempre ha estado mi sacerdocio y no entre los cartujos, como pensé alguna vez.